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El café para el abuelito

 

Corría el mes de junio, cuando las estaciones aún llegaban a tiempo. Llovía a diario, justo después del medio día. La lluvia dejaba después un olor a tierra mojada, muchos charcos, y a varios zompopos de mayo, a quienes los patojos ponían a jugar luchitas, y apostando medio centavo a cada rival.

Era en el callejón Delfino, donde pasé toda mi infancia, llena de juegos, raspones, aventuras, e historias. Todos los patojos de la cuadra nos reuníamos en las tardes, después de la escuela. 

En la banqueta alta siempre se sentaba la Nía Dalia, a leer sus revistas de moda y vanidades, mientras se fumaba su chancuaco. Frente a esa banqueta, estaba la casa de Don Atilio y Doña Carmen, una pareja sin hijos, ambos ya de avanzada edad, a quienes pedíamos siempre la pelota cuando la lanzábamos a su patio. Doña Carmen siempre fue amable, pero Don Atilio, ese viejito era cosa seria. Bravo el condenado señor.

Al final del callejón estaba la casa de Don Ramiro, quien ya llevaba varios años solo. Una tarde, su esposa tomó una siesta de la que ya nunca despertó, dejando a Don Ramiro y a su hija Blanca, de 19 años, quien a los pocos meses de la muerte de su madre, se casó con Luis, un joven panadero que corrió la mala suerte de morir el mismo día que su hijo Antonio nació.

Antonio era mi amigo, con el que jugaba todas las tardes. Por alguna extraña razón, Antonio tenía prohibido que yo o alguno de los patojos de la cuadra entrara a su casa. Y la verdad nadie se atrevía, porque cada vez que alguien se acercaba tan solo a la puerta, sentía un escalofrío en todo el cuerpo, cosa que alejaba al más valiente de esa casa.

Rara vez veíamos al abuelo de Antonio en el callejón. Estaba ya muy enfermo y le costaba caminar.

Cierto día, a mediados de junio, corrió como pólvora la noticia que Don Ramiro había fallecido. Varias vecinas aseguraron haber escuchado el canto de "la aurorita" esa madrugada. La aurorita es un ave que presagia la muerte de una persona, su canto es continuo y melancólico, como si se lamentara de lo que estaba por venir.

Como es costumbre en los pueblos, el velorio fue en la calle. Nadie más que la mamá de Antonio entraba a la vieja casa. Las vecinas ofrecieron sus domicilios para hacer los tamales, preparar las ollas de café, y el pan dulce. También se dispusieron a rezarle al difunto su rosario cada hora, mientras los señores tomaban su traguito y jugaban cartas.

Los patojos de la cuadra y yo, jugamos todo el día. Era sábado, y no habían clases. Antonio no parecía estar triste. De hecho, se le notaba inquieto por jugar, pero su madre se lo prohibió y lo hincó a la par de Doña Chencha, la rezadora, para que fuera él el encargado de recitar las letanías a la Santísima Virgen.

Transcurrió el día y enterramos a don Ramiro en el cementerio del pueblo después de la misa de cuerpo presente. De regreso, las vecinas esperaron a que Blanca les invitara a tomar café en su casa, con la excusa de limpiar los restos del velorio, pero no sucedió. Lo más extraño para el vecindario, fue que Blanca en los siguientes días, nunca fue con el padre a pagar la misa de los nueve días de don Ramirito, lo cual escandalizó a todos los vecinos. La llamaron vagabunda, hereje, y un sinfín de sobrenombres. Mi mamá me prohibió jugar con Antonio.

Pero cuando uno es patojo y libre de prejuicios, se las ingenia de algún modo. Todos los días, después de la escuela, Antonio y yo jugábamos una chamusquita frente al atrio de la vieja iglesia, aunque Antonio, siempre a eso de las 4 de la tarde, sin previo aviso, corría apresurado a su casa, dejándome con la chamusca a la mitad.

Fue hasta un día que me atreví a preguntarle porqué siempre se iba corriendo a su casa sin decirme nada. Ese día me contestó:

"Me voy corriendo, porque tengo que ir a servirle su café con pan a Papá Miro"

Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. A partir de ese día, ya no lo cuestioné. Jugábamos sin pena, y yo comprendí cada vez que me quedaba solo con la pelota.

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